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Apuntes de la Historia, J. Ossorio: Reflexiones sobre el Imperialismo Romano en Hispan...

Apuntes de la Historia, J. Ossorio: Reflexiones sobre el Imperialismo Romano en Hispan...: REFLEXIONES SOBRE  EL IMPERIALISMO ROMANO EN HISPANIA* Por J. M. Alonso-Núñez El término «imperialismo» supone una transposi...

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Apuntes de la Historia, J. Ossorio: Reseña: Mujeres en tiempos de Augusto


Este volumen, dedicado a la
memoria de la profesora Mari Luz Blanco Rodríguez, reúne veintiséis trabajos
académicos que, elaborados por especialistas italianos y españoles
pertenecientes tanto al Derecho como a la Historia y la Arqueología, buscan
explicar los elementos principales a los que se hallaba sujeta la condición
femenina en la Roma de finales de la República e inicios del Imperio. Aunque la
obra se articula en siete apartados de desigual extensión, básicamente
encontramos en ella dos tipos de aportaciones: las que explican el contexto
–económico, político, religioso y cultural– en que se desarrollaba la vida
femenina en Roma, y las que se centran en repasar la vida y significación
histórica de buena parte de las mujeres de las que ha quedado constancia en las
fuentes. El primer bloque de contenidos, titulado «Derecho y mujer durante el
Saeculum Augustum», incluye dos aportaciones. En la primera, realizada por
Giovanna Coppola y destinada a explicar la posición jurídica de las mujeres en
tiempos de Augusto, se da cuenta de cómo se fue conformando, poco a poco, toda
una legislación destinada a regular las costumbres y a fomentar un aumento de
la población cuyo éxito, en la práctica, es más que cuestionable. La brevísima
aportación de Rosa Mentxaka, por su parte, busca hacer hincapié en una Lex
Municipii Troesmensium –un comentario a la Lex Iulia de maritandis ordinibus de
18 a. C. hallado en una población de la actual Rumanía– que nos demuestra cómo
esta ley seguía, a finales del siglo II d. C., perfectamente vigente en una
remota localidad del Imperio situada en la desembocadura del Danubio. En
«Mujeres en los albores del siglo I a. C.» se agrupan seis artículos que
abordan las figuras de algunas de las mujeres de la época cuyas biografías han
sido menos estudiadas hasta el momento. Leo Peppe analiza, a través de las
Verrinas, la utilización instrumental de las mujeres por parte de Cicerón a la
hora de difamar, durante las sesiones de un juicio, a un gobernador romano
corrupto, Verres, que se habría sometido, tanto en Roma como en Sicilia, a los
deseos de unas mujeres que son a veces calificadas de meretrices. Seguidamente,
Rosa Mentxaka, en un artículo esta vez más extenso, analiza las virtudes
matronales a raíz de un maravilloso epígrafe funerario femenino que se ha
conservado y que, datado por los especialistas entre los años 8 y 2 a. C.,
resulta el mejor exponente de la ideología subyacente a una «matrona ejemplar»
que, después de haber ayudado a su marido exiliado, llega a ofrecerle, debido a
su esterilidad, divorciarse voluntariamente de él para que este pudiera buscar
descendencia de otra mujer. A continuación, Victoria Rodríguez analiza la
figura de una de las mujeres más enigmáticas de los
momentos finales de la República, Servilia Cepionis, en su doble papel de madre
de Bruto y amante de Julio César. En concreto, se destaca la inteligente
política que esta llevó a cabo para tratar de con-ertir a Bruto en el sucesor
de César. Sin embargo, sus aspiraciones se vieron truncadas a raíz de la
participación de su hijo en el famoso atentado de los idus de marzo. A renglón
seguido, José Miguel Piquer vuelve a introducirnos en la obra ciceroniana, pero
no ya para analizar el tratamiento que reciben las mujeres durante sus
discursos, sino para arrojar nueva luz sobre su vida conyugal con Terencia, una
mujer que, además de alcanzar, al parecer, la nada desdeñable edad de 103 años,
supo gestionar con habilidad e independencia un extenso patrimonio familiar. Su
figura, a medio camino entre a idealización absoluta de Cornelia y la completa
denigración de la que fue objeto, por ejemplo, Julia, resulta fundamental para
comprender a la aristócrata romana «de carne y hueso». Clodia, por su parte, es
analizada en la aportación de Inés Iglesias a través de la pluma de los dos
hombres que más escribieron acerca de ella: su amante Catulo y su enemigo
Cicerón. Lejos de transmitirnos la imagen de una perfecta matrona, lo que se
desprende de estos escritos es el surgimiento de un nuevo modelo de mujer
«sexualmente liberada» que intentaba encontrar su espacio en medio de la
tumultuosa sociedad tardorrepublicana. Con todo, como se recuerda a la
perfección al final del artículo, hay que tener en cuenta que estos testimonios
proceden de «un enamorado despechado y de un abogado hostil» (p. 181), por lo
que no podían ser, en absoluto, objetivos. Para finalizar con este primer grupo
de biografías, Gema Polo recuerda a Atia, la madre del futuro Augusto,
aludiendo tanto al determinante papel que jugó en la educación de su hijo como
en su calidad de transmisora de los mores maiorum a una nueva generación que
tendría en su hija Octavia y en su nuera Livia sus principales exponentes.



Apuntes de la Historia, J. Ossorio: Reseña: Mujeres en tiempos de Augusto: Rodríguez LóPez, R., Bravo BosCh, m. J. (eds.): Mujeres en tiempos de Augusto: realidad social e imposición legal. Valencia: Tirant...

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Reseña: El Nilo en la memoria y la religiosidad del Mundo Antiguo


Aja Sánchez, José Ramón: Aguas mágicas. El Nilo en la memoria y la religiosidad del Mundo Antiguo. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Universidad de Cantabria, 2015, 477 páginas, 2 mapas y 53 figuras [ISBN: 978-84-8102-769-3].


La producción científica española de monografías sobre la Historia del Antiguo Oriente y Egipto es crónicamente escasa y ha oscilado, además, entre dos extremos: o publicaciones altamente especializadas cuya difusión no rebasa apenas el círculo de investigadores especializados en la temática, u obras divulgativas, casi periodísticas, en las cuales el rigor académico muchas veces queda en un segundo plano. Es por ello por lo que hay que dar la bienvenida a un libro como el que reseñamos, ya que a sus méritos propios añade el aliciente de estar redactado de una manera amena y comprensible, no solo por historiadores de profesión o estudiantes de Historia, sino también por un público general dotado de una cultura media. 

El autor, José Ramón Aja Sánchez, es Profesor Titular de la Universidad de Cantabria y cuenta con una trayectoria profesional anterior que se centro en el estudio de la Antigüedad tardía y el Cristianismo primitivo; el libro por tanto significa una reorientación en su investigación, para lo cual ha aprovechado, según refiere en la Introducción, la concesión de un año sabático por parte de su Universidad.

Aguas mágicas se centra en el fenómeno Nilo contemplado desde todos los puntos de vista posibles: como hecho geográfico, como condicionante histórico del estado egipcio, como fenómeno religioso y como percepción del cosmos por parte de los egipcios mismos. La obra se articula en cuatro partes: «El Nilo en la memoria del mundo grecorromano», «La crecida en el Egipto faraónico», «Las aguas mágicas del Nun: utilización religiosa » y «Deus sanctus Nilus, el Nilo en el Egipto romano y cristiano». Tanto los títulos en sí mismos como la lectura de cada parte muestran un cierto predominio de los aspectos referentes a las épocas más recientes (helenística, romana y copta) sobre lo que es la época faraónica en sentido estricto. Este rasgo se debe probablemente a la trayectoria científica previa del autor, que hemos mencionado antes, pero también a un hecho paradójico: fueron los autores griegos y romanos quienes observaron la peculiaridad del Nilo, del fenómeno de la crecida y su singularidad dentro de la estación más seca y calurosa. Para los egipcios el Nilo era un fenómeno dado, estuvo ahí desde siempre y representaba el orden cósmico. Lo chocante eran los cursos de agua que invertían el recorrido del Nilo (piénsese en la estela de Naharina colocada por Tutmosis I, donde alude al Éufrates como el «agua que retrocede y baja subiendo» ya que su curso tenía el sentido contrario al del rio de Egipto). Eso sí, conscientes de la vital importancia del rio y su crecida para el propio mantenimiento de la civilización, los egipcios plasmaron sus creencias en torno al rio en una rica mitología en la cual, además de Hapi, divinización de la crecida misma, participaban también dioses principales del panteón, como Osiris, Khnum, Amón, etcétera.

Como señala el propio autor, el libro se organiza en cuatro partes que son hasta cierto punto independientes entre si, priorizando un enfoque temático sobre el enfoque cronológico (p. 33: habla de «teselas» y «mosaico»). Aunque reconocemos que una estructuración de este tipo puede favorecer la lectura para las personas no profesionales de la Historia Antigua, sin embargo creemos que dentro de cada parte una exposición cronológica de las fuentes y los documentos habría ayudado mucho a la claridad de la exposición, por más que a veces los documentos más antiguos no sean los más evidentes y ciertamente documentos de época grecorromana o cristiana sirven para comprender con mayor claridad determinados fenómenos. 

La parte primera, «El Nilo en la memoria del mundo grecorromano», estudia el impacto que causo en los griegos, primero, y los romanos, después, el curso del Nilo, enorme en términos absolutos, pero mucho más si se comparaba con los modestos cursos fluviales de Grecia o Italia, y, sobre todo, en los intentos de conocimiento geográfico y de explicación del fenómeno más característico: la crecida. Toda esta parte está escrita con una gran erudición y un dominio excelente de los textos clásicos. En definitiva, los distintos autores, tanto aquellos que visitaron Egipto, como Elio Arístides, Séneca o el cónsul de Francia Benoit de Maillet, como los que no lo hicieron (Plinio el Viejo y tantos otros) no hicieron sino certificar la afirmación herodotea de que Egipto era un «don del Nilo» (II, 5, 5: dóron tou potamou). Como muy bien expresa el autor, «solo en el marco de las conjeturas sobre la génesis de la crecida anual del Nilo algunos autores grecorromanos se interesaron –en muy escasa medida– por la ubicación de las fuentes del Nilo» (p. 64). Es en este contexto en el que se produjeron distintas expediciones geográficas, las más destacadas de las cuales tuvieron lugar bajo los reinados de Tolomeo II, de Augusto (por obra del praefectus Aegypti, C. Petronius) y de Nerón (de la que se hicieron eco tanto Séneca como Plinio el Viejo). Ninguna de ellas, sin embargo, llego a conocer, dadas las dificultades geográficas, el autentico origen del curso del rio, en el lago Tana, origen del Nilo Azul que es, de los distintos cursos de agua, el que aporta mayor caudal. En este punto Aja inserta un debate acerca de la ubicación y la identificación de la denominada «isla de Meroe» por los autores antiguos (Estrabón, Diodoro Sículo, Mela, Plinio, Elio Arístides y Heliodoro), que estaría situada en la región donde confluyen con el Nilo dos de sus afluentes orientales, denominados por el autor de Amasia Astasobas y Astoboras, identificados por H. L. Jones con el Atbara y el Nilo Azul en base a la interpretación del texto extraboniano de la preposición hyper («mas allá de»). En nuestra opinión, es convincente la hipótesis de Aja, que el mismo acota con «demasiadas preguntas y demasiadas incertidumbres», de que Estrabón se sitúa en la perspectiva del rio, es decir, mirando de sur a norte, y que la ciudad de Meroe se halla más allá de la confluencia del Astobaras y el Nilo, y que se debe identificar el primero de ellos con el Nilo Azul, no con el actual Atbara, cuya confluencia se sitúa en la actual Jartum (p. 88).

La segunda parte («La crecida en el Egipto faraónico») estudia las creencias religiosas de los egipcios relacionadas no tanto con el rio en si cuanto con el fenómeno de la crecida y la inundación, que simbolizaron en el dios Hapi. «En el fondo de esta cuestión –dice J. R. Aja– está presente el fenómeno cultural que recorre las páginas de este libro, esto es, la consideración absolutamente esencial que tuvo el agua en si misma en la religiosidad de la civilización egipcia». En este sentido, las aguas del Nilo eran vistas como una manifestación particular del Nun u océano primordial que rodeaba la tierra, del cual en última instancia procedían las aguas del cielo y, en general, todos los elementos húmedos que servían para germinar la vida. Esta concepción egipcia parece ser el origen de la creencia griega en el Okeanós o corriente de agua dulce que rodea toda la tierra y que hallamos ya en los poetas épicos, Homero y Hesiodo, y en los primeros escritores de periplos. A pesar de que Aja presenta como dos concepciones contrapuestas la concepción egipcia del Nun, como principio supremo de creación, vida y regeneración, y la concepción griega de Okeanós como algo estrechamente vinculado a la escatología y el inframundo (p. 131), el mismo da abundantes pruebas de que en Egipto también existía una relación entre el océano primordial y el mundo de los muertos, por cuanto que lo que se ansiaba era, precisamente, la resurrección o pervivencia en el Mas Allá, que fue una obsesión de la civilización egipcia en todas las épocas. Así, por ejemplo, se puede comprender la representación del Nun con las aguas de la vida terminando en el signo ankh (vida) en el interior del sarcófago de Pacheriesanet, datado en la baja Época (p. 127, fig. 9), o la demanda de un soldado griego enterrado en Tebas de que se viertan sobre su tumba unas gotas de agua fresca del Nilo o del Océano (p. 135). Este concepto de «agua fresca» «agua de vida», su significado religioso y su uso ritual es analizado más adelante en la parte tercera. La segunda parte, que es la que estamos resumiendo, todavía estudia de manera muy detallada, con gran número de textos y de imágenes que son realmente muy útiles, el dios Hapi, divinización de la crecida, y los otros dioses ligados a la inundación. Dado el carácter fundacional de la crecida, que creaba literalmente cada año el suelo de Egipto, las distintas teologías locales asociaron a sus respectivos dioses con la inundación para subrayar de esta manera su papel de dioses creadores. De esta manera surge un culto al dios Khnum en la primera catarata, a Osiris-Sepa en el nomo de Heliópolis y a Amón en Tebas, donde se sitúa otro lugar de origen o irrupción de la crecida. Los egipcios eran conscientes de que una crecida anormal, tanto por defecto como por exceso, representaba problemas, hambre y carestía. De esta manera, aunque los textos citados por el autor corresponden en su mayor parte a época grecorromana (Estrabón, Plinio, Libanio, etc.), los egipcios se procuraron desde fechas muy tempranas mecanismos de medida y control del agua de la crecida que permitieran una planificación optima de los recursos hídricos o, en todo caso, una prevención de los defectos o excesos de la crecida. Las medidas anuales dadas en la piedra de Palermo demuestran que ya desde el Reino Antiguo existían mecanismos de medida. El estudio de los nilometros y codos niloticos con que finaliza esta parte, aunque es ajeno al ámbito estrictamente religioso, resulta sumamente interesante.

La parte tercera, «Las aguas mágicas del Nun: utilización religiosa» analiza todos los aspectos relacionados con la manipulación religiosa del agua en la religión egipcia, partiendo del concepto de «agua fresca» (kbh kbhw) como aquel agua que procedía del Nun y era recogida durante la crecida anual. Las ofrendas de «agua fresca» tenían un papel destacado en el culto funerario. Se analizan las escenas de libación representadas en los templos, así como los tipos de recipiente que se utilizaban para la recogida, transporte y utilización del agua del Nilo, entendida como emanación del agua del Nun. También se estudian las figuras míticas de la diosa-árbol que aparece como donante de «agua fresca». La difusión de los cultos mistéricos de origen egipcio (Isis y Serapis principalmente) extendió el uso de las supuestas aguas niloticas fuera de Egipto, en aquellos lugares donde se construyeron iseos y serapeos. En este contexto, se discute la difusión de las creencias relacionadas con el agua del Nun más allá de Egipto, en el mundo sirio-palestino y en el mundo griego. En particular se discute con gran lujo de detalles la evolución de las formulas funerarias en que se ofrece agua de Osiris como agua fresca o agua de vida al difunto. Un apartado importante se dedica al análisis de la mención en las laminillas orficas de la laguna de aguas frescas que apaga la sed del difunto y le permite alcanzar el destino especial que le está reservado al iniciado. Para el autor, a pesar de que subsisten algunos problemas, la formula orfica de petición de agua no fue una elaboración propia del orfismo, sino el producto de un préstamo foráneo, probablemente egipcio (p. 318). Es cierto que resulta muy difícil determinar los canales concretos a través de los cuales se transmitirían estas ideas desde el mundo egipcio al mundo griego, y el recurso a un «magma» o una «koine» de creencias en torno al agua, a la que se remiten distintos autores, y entre ellos el propio Aja, a nosotros nos parece una explicación insuficiente por su misma vaguedad. En la cuarta y última parte, «Deus sanctus Nilus. El Nilo en el Egipto romano y cristiano», se analiza la evolución de las creencias religiosas sobre el Nilo con posterioridad a la victoria de Octavio en Actium y la subsiguiente conquista de Egipto. Es sobradamente sabido que Augusto y los emperadores sucesivos, lo mismo que los lagidas anteriormente o los reyes persas, asumieron la titulatura y la iconografía faraónica tradicionales. El emperador, lo mismo que los reyes anteriores, apareció también como el autor de la crecida mágica del rio. La novedad más importante de este periodo es la divinización del rio, el theos Neilos, deus Nilus, que no es una creación egipcia, sino romana. Durante todo este periodo existió un culto público al Nilo, fomentado y amparado por el poder político, mientras que la devoción popular se dirigió hacia Hapi, el dios tradicional de la inundación. Esta situación dúplice se simplifico con el triunfo del cristianismo. Aunque la nueva religión, naturalmente, no podía tolerar más culto que el tributado al Dios único, absorbió numerosas prácticas, fiestas y creencias procedentes de la antigua religión nilotica. Expresión de esta absorción fue la guarda y custodia del codo nilotico, emplazado en el templo de Serapis de Alejandría, en las principales iglesias cristianas de la ciudad.
La obra se completa con unos amplios índices de fuentes y documentos citados, de nombres y de lugares.
En resumen, estamos en presencia de un libro denso, ricamente documentado, tanto por la abundancia de fuentes literarias citadas, como por la cantidad de ilustraciones, con una amplísima bibliografía, que en muchas ocasiones excede lo que su titulo anuncia: el papel del Nilo en la religiosidad antigua.


Manuel Salinas de Frías


SALINAS-DE-FRÍAS M. AJA SÁNCHEZ, José Ramón: Aguas mágicas. El Nilo en la memoria y la religiosidad del Mundo Antiguo. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y Universidad de Cantabria, 2015, 477 páginas, 2 mapas y 53 figuras [ ISBN: 978-84-8102-769-3].. Studia Historica: Historia Antigua [Internet]. 1 Dic 2016 [citado 11 Jul 2017]; 34(0): 191-195. Disponible en: http://revistas.usal.es/index.php/0213-2052/article/view/15330



El gallo y la perla, The Cock and the Pearl


Aesop's Fables ( 620 BC-563 BC)


  The Cock and the Pearl

A cock was once strutting up and down the farmyard among the hens when suddenly he espied something shinning amid the straw. "Ho! ho!" quoth he, "that's for me," and soon rooted it out from beneath the straw.  What did it turn out to be but a Pearl that by some chance had been lost in the yard?  "You may be a treasure," quoth Master Cock, "to men that prize you, but for me I would rather have a single barley-corn than a peck of pearls."


Precious things are for those that can prize them.

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Fábulas de Esopo ( 620 BC-563 BC)


   El gallo y la perla

Un gallo se pavoneaba un día arriba y abajo del corral entre las gallinas, cuando de repente, vio algo brillando en medio de la paja. "Ho! ho!" Dijo él, "eso es para mí", y pronto lo arrancó de debajo de la paja. ¿Resultó ser una Perla que por alguna casualidad se había perdido en el patio? -Puede ser un tesoro -dijo el Maestro Gallo- de los hombres que te premian, pero para mí prefiero un solo grano de maíz que picotear que una perla.

Las cosas preciosas son para aquellos a los que realmente les pueden resultar  útiles.

El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza



PVP: 6.00 Euros

Título: El asombroso viaje de Pomponio Flato
Autor:  Eduardo Mendoza
Idioma: Español
Editorial: Círculo de lectores
ISBN: 978-84-672-3161-8
Estado: Como nuevo, tapa dura y contraportada.



La novela más ferozmente divertida de Eduardo Mendoza. Las andanzas de un detective romano en el Nazaret del siglo I
En el siglo I de nuestra era, Pomponio Flato viaja por los confines del Imperio romano en busca de unas aguas de efectos portentosos. El azar y la precariedad de su fortuna lo llevan a Nazaret, donde va a ser ejecutado el carpintero del pueblo, convicto del brutal asesinato de un rico ciudadano. Muy a su pesar, Pomponio se ve inmerso en la solución del crimen, contratado por el más extraordinario de los clientes: el hijo del carpintero, un niño candoroso y singular, convencido de la inocencia de su padre, hombre en apariencia pacífico y taciturno, que oculta, sin embargo, un gran secreto. Cruce de novela histórica, novela policíaca, hagiografía y parodia de todas ellas, aquí se ajustan las cuentas a muchas novelas de consumo, y se construye una nueva modalidad del género más característico de Eduardo Mendoza: la trama detectivesca original e irónica, que desemboca en una sátira literaria y en una desternillante creación novelesca. Novela breve, disparatada y divertida. Probablemente la novela más divertida de Eduardo Mendoza. Protagonizada por un detective desastroso, como en El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras.